
El crepúsculo cede sin prisa su lugar a la noche, desde su ventana, Laura observa como las sombras se deslizan por doquier. Una bandada de pàjaros hace su ultimo vuelo antes del anochecer, mientras el ruido de cascos de caballos se hace cada vez mas potente. Han venido por ella, es hora.
Toma su capa y sale al encuentro del emisario y los demás iniciados quienes han sido encargados de custodiarle, descienden de sus monturas uno por uno, Laura se percata que sus ropas son muy distintas a las utilizadas para montar. Entre las figuras altas y fornidas, se apreciaba un par menudo, bien podrían ser mujeres. El emisario se acercó a Laura, y mirándola fijamente le indico que era hora de partir, no debía llevar nada mas que lo necesario con ella, después de esa noche nada le parecería necesario de todas maneras. Le indican que debe subir a su bestia, una yegua marrón con una mancha blanca que cubre la mitad del rostro de la misma, algo joven aun, Laura subió y emprendieron el camino de regreso.
Pensaba que el lugar se llevaría a cabo en el Templo, el cual visito con anterioridad, pero pronto cambió de idea cuando el grupo salio del camino internándose en el bosque, mucho mas adentro de lo que ella había explorado alguna vez. Los árboles se volvieron más grandes y frondosos a medida que se internaban, la oscuridad era más y más densa hasta que, a media distancia divisó la luz de algunas antorchas, habían llegado.
Atravesaron el sendero demarcado por el fuego y llegaron un gran circulo de arboles bien iluminado. Uno por uno descendieron de sus caballos, al mismo tiempo que jóvenes doncellas, vestidas con una simple túnica blanca y con sus cabellos recogidos en una trenza, se hacían cargo de las bestias, o bien, de sus ocupantes.
Un par de estas doncellas se acercaron a Laura y, tomándola de las manos, le dirigieron hasta una especie de carpa ubicada al borde del circulo de arboles, le hicieron entrar e indicaron que permaneciera sentada. Sin decir alguna otra palabra, se marcharon.
Laura observó el interior de la carpa, estaba iluminada con lámparas de aceite ubicadas de manera estratègica. La luz bañaba la brillante superficie de pequeñas mesas, hacia destellar los hilos de oro bordados en algunos tapices. Extraños artefactos en la carpa resplandecían con un brillo casi irreal. Se encontraba a la expectativa. No conocía mucho sobre el ritual en el cual participaría, además de las palabras solemnes que debió aprender solo sabia que tenía un don, y que al ser una iniciada le serian revelados los secretos para desarrollarlos. O al menos eso le dijeron, y ella, lo había creído.
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