Una noche de invierno, la más fría y oscura de aquel invierno, Crystal decidió que ya no lo soportaría mas y se marchó, dejando la seguridad del pequeño claro, pero eso no le importó. Noche tras noche se repetía la misma historia, una luna tras otra y no estaba ni cerca esta situación de llegar a su final. Pero ¡claro que debe existir una solución!, en la inmensidad del bosque, así sea necesario recorrer el mundo entero la encontraría, se terminaría la pesadilla.
¿Para qué le servía su magia si no podía ayudar a su amiga? ¿De qué le servían sus alas si no le ayudaban a encontrar una solución?, Crystal se negaba a aceptar ese hechizo, aquella terrible maldición, se negaba a creer que en un mundo con tan bellas flores no pudiera crecer el amor. Continuaba su camino con todo el ímpetu que sus escasos centímetros le permitían. Ya se había topado con algunos Fuegos Fatuos pero nada de que preocuparse, las Hadas no eran del interés de estos, continuaría volando durante toda la noche sin importar el fuerte viento que soplaba, sin reparar en el aguanieve que caía sobre sus alas, todo valía la pena si lograba dar fin a esa penosa situación, se lo debía a Dana…
En el borde del Gran Bosque la situación era solo un poco mejor. Paul, en su cabaña se lamentaba el no haber traído mas leña, la tormenta resultó mayor de lo que imaginó, la temperatura descendía muy rápido. Ante esta situación no quedaban muchas alternativas, tomó su manta más caliente, uno de los muchísimos libros con los cuales compartía su casa y se dirigió al sillón situado frente a la chimenea. Al tomar asiento, casi de manera instantánea, Lisa, su pequeña gata saltó a su regazo reprochándole con un maullido el no haberla invitado a hacerle compañía.
Paul la acarició dispuesto a comenzar su lectura nocturna cuando, como en tantas noches anteriores deseó el poder compartirlo con alguien más. De que valía saber todo aquello, de que valía conocer el esplendor del mundo si no podía compartirlo con alguien mas quien, a su vez; le confiara a él los grandes misterios de su mundo interior. Supongo – concluyó – que no puedo tenerlo todo, y se sumergió en su libro para horas después encontrarse dormido con este cubriendo su cara, mientras que a través de la ventana se podía observar que todo se hacía más blanco de lo normal.
Ignorante de todo esto, en un claro justo en el centro del Gran Bosque, al igual que en las cien noches anteriores, un furioso océano se encargaba de perturbar el sueño de quien le habitaba…
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